Buenos días garuber, feliz lunes. Fíjate, este día a casi todo el mundo le parece desagradable, pero a mí me encanta porque empieza una semana nueva para tener metas, vivencias y tiempo por delante para disfrutar. Hay dos tipos de personas, los que siempre ven un final, o los que a raíz de dicho final interpretan que un nuevo comienzo ha llegado. Yo me considero del segundo grupo, sin lugar a dudas, y uno de mis propósitos es que tú, si normalmente sueles decantarte por el vaso medio vacío, que espero que no, acabes descubriendo las maravillas de pensar diferente. Además, no hace falta ni decir que cada lunes es también la ocasión para subir ¡nuevo post! y aquí va. 

Hoy me gustaría hablarte de una conversación que mantuve hace poquito con uno de los guardias de seguridad de la estación de tren de Colmenar Viejo. Me encontraba allí porque, aunque tengo coche, aún no me atrevo a meterlo por ciertas zonas de Madrid, y a veces lo que hago es ir conduciendo hasta la estación, aparcarlo y luego desplazarme en tren a donde tenga que ir. El caso es que esta estación es muy antigua y es ahora cuando están construyendo ascensores para cruzar de una vía a otra, pero están en proceso, aún no pueden utilizarse y toda la vida la única forma que hemos tenido los viajeros de poder cruzar es a través de un paso habilitado bastante peligroso, ya que, literalmente, hay que ir andando de lado a lado y pisando las vías, una locura, sí. Además, está hecho de tal forma que tienes que bajar una cuesta con pendiente no muy habilitada para llegar hasta el paso habilitado (qué ironía, ¿verdad?) , y en mi caso, además debo tener sumo cuidado para que las ruedas no se vayan quedando enganchadas en las vías a medida que voy caminando por él. La cuestión es que cuando me disponía a coger el tren, observo que el único guardia de seguridad que había en ese momento no era como los demás: normalmente, todos los guardias siempre que me ven con intención de cruzar la mayoría se acercan corriendo, éste no, por lo que no tuve más opción que acercarme y pedirle que me ayudara. Fue entonces cuando me dijo lo siguiente: yo nunca ofrezco mi ayuda a las personas con discapacidad que vienen aquí, porque las veces que he intentado colaborar, se han enfadado conmigo. Es como si se sintieran ofendidos, y más de uno me ha pegado un berrido al mostrar mi buena intención. Por eso espero a que sean ellos los que me lo pidan. 

Por supuesto, esto me hizo ponerme a reflexionar. Vamos a ver, entiendo perfectamente que haya ocasiones en las que podamos sentirnos agobiados cuando alguien se acerca y piensa que solos no podemos hacer algo que, en realidad, podemos hacer. Es una realidad con la que nos toca lidiar cada día y a veces es difícil gestionar la impotencia que nos genera el hecho de que, por sistema, otras personas, así de primeras, suelan vernos más débiles, incapaces. Esto por un lado. Por otro, admiro la actitud adoptada por el guardia ante esta situación, porque demuestra que ha comprendido que no siempre vamos a requerir una ayuda y que es mejor que salga de nosotros solicitarla. 

Pero independientemente de estos dos puntos, hay algo que por mucho que nos cueste debemos cambiar, y es el dar una respuesta áspera o cortante a aquel que viene dispuesto a echarnos una mano. Y debemos cambiarlo porque ésa no es la mejor forma de educar a la sociedad en cómo afrontar la discapacidad, ya que este guardia lo pilló al vuelo, pero generalmente lo único que conseguimos “siendo bordes” es el efecto contrario: que la gente piense que estamos enfadados con el mundo por ser como somos, y como consecuencia se reafirmen en la idea de que tener una discapacidad es necesariamente un sinónimo de problema. Creo en que llegará un momento en el que la discapacidad esté totalmente 

normalizada, y en que para que ese día llegue antes tenemos que haber comprendido que las cosas más importantes para que dicho cambio suceda son: empatizar con el otro, mostrar un respeto mutuo siempre y ante todo, convertirnos en esa clase de personas que, como te comentaba al principio, no muestran enfado enseguida y ven el vaso medio lleno. 

Hasta nuestro directo del viernes, 

Miriam 

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