En el auto de Miri

Hola garuber, aquí estoy contigo como cada lunes. La semana pasada estuvimos hablando de un nuevo deporte que las personas con discapacidad tenemos que practicar a diario, aunque no nos apetezca, el barrerismo. Me parecía importante hablar de ello porque como ya dije, por un lado, Fundación ONCE tuvo una manera muy acertada de contar esta realidad y por otro, porque si queremos conseguir un mundo en el que en vez de hablar de integración hablemos de convivencia es fundamental desarrollar la empatía y saber ponerse en el lugar de los demás a la hora de construir nuevos edificios, plantar árboles, aparcar, etc.  

Hoy quiero hablarte de uno de los mayores retos a los que he tenido que enfrentarme con la intención de que, si tú aún estás pensando si hacerlo o no o tienes un familiar o amigo que no se atreve, tanto si tenéis alguna discapacidad como si no, podáis lanzaros a ello, me refiero al CARNET DE CONDUCIR. 

Para contarte como fue te pongo en antecedentes: a mí eso de conducir siempre me ha dado mucho respeto, ya que uno de mis hermanos falleció en un accidente de tráfico con solo veinte años. Como es lógico, una vivencia como esa inevitablemente genera reparo a la hora de enfrentarse por primera vez a un volante, al menos en mi caso. Aun así, nada más cumplir la mayoría de edad me planteé sacármelo porque llevaba desde los doce años yendo y viniendo en transporte público y era muy cansado, estaba segura de que el coche me sería de gran ayuda a la hora de desplazarme, me ahorraría mucho tiempo y sobre todo esfuerzo, así que me apunté a la autoescuela y hasta probé mi primer coche adaptado.

Si te soy sincera, no sé exactamente cuál fue el motivo, pero mi decisión no duró ni dos semanas, lo abandoné. Ahora que han pasado once años y puedo mirar la situación con una perspectiva más objetiva, pienso que tal vez lo dejé porque no me sentía realmente preparada para ello, o porque el miedo era más fuerte que las ganas de lograr tal independencia. Como consecuencia pasé los siguientes diez años desplazándome al trabajo y a todas partes en tren y autobús gastando muchísimo dinero en taxis, ya que hay algunas zonas a las que tenía que ir era muy difícil acceder de otra manera con el andador.

Hace dos años conocí al que hoy es mi pareja, se llama Carlos. Con él tengo millones de planes de futuro entre los que está algún día casarnos, tener niños… te cuento esto porque fruto de mi relación con él volví a pensar en la importancia que tiene disponer del carnet, ni siquiera por mí, sino por nuestros futuros niños, ya que llegado el momento alguien tendría que llevarlos al médico o al colegio y no estaba dispuesta a dejar que toda esa responsabilidad cayera solo sobre los hombros de Carlos, teníamos que ser un equipo y ayudarnos en esa clase de tareas. Así que volví a apuntarme a la autoescuela, pero esta vez con un objetivo clarísimo: nada me haría abandonar de nuevo, y daba igual si me costaba o si tenía que dar muchísimas clases (que por cierto son bastante más caras que las de las personas sin discapacidad). 

Bien, pues el teórico lo aprobé a la primera, el práctico fue otro cantar. Cada vez que debía montarme en el coche me ponía tan nerviosa que mis piernas iban espásticas todo el camino y no podía relajarlas, lo único que me hacía sentir algo de seguridad era que el profesor iba de copiloto y podía intervenir si la cosa se ponía fea. Para que te hagas una idea fueron necesarias más de ochenta clases hasta que mi profesor se decidió a animarme para que me presentara al primer examen práctico, que por cierto suspendí dos veces. Pero bueno, se suele decir que a la tercera va la vencida, y así fue.

Hoy que ya conduzco con las adaptaciones que necesito (un pomo con tele comando y una leva de aceleración y freno a cada lado del volante que quiero enseñarte en uno de los próximos vídeos que grabaré para GARU TV) por supuesto siempre con respeto y siendo muy consciente de la máquina que llevo en mis manos, puedo decirte que es una gozada poder moverme con libertad y que a veces solo hace falta conocer las cosas para darse cuenta de que no son para tanto, ya que el miedo sumado al desconocimiento puede ser un cóctel de lo más limitante. El carnet de conducir ha sido un reto que me ha enseñado lo siguiente: 

– Retrasar las decisiones no sirve de nada, cuanto antes tomemos las riendas mucho mejor. El tiempo que podría haberme ahorrado esperando autobuses durante esos diez años en stand by podría haberlo invertido en proyectos mucho más productivos, pero ya no sirve de nada lamentarse por lo que pudo ser, así que solo queda aprender para lo siguiente que llegue.
Aprender que la mejor forma de plantarle cara al miedo es enfrentándose a él cara a cara. La realidad es que si algo nos causa impresión nunca vamos a sentirnos del todo preparados para comenzar, pero solemos olvidarnos de algo, y es que la única forma de sentirnos realmente capacitados para desempeñar cualquier labor es practicando, conociendo, con esfuerzo y sin
abandonar en el intento.

Por eso te animo a empezar, o con el carnet o con cualquier proyecto que ronde tu cabeza, porque cuando mires atrás podrás darte cuenta como me pasó a mí, de que atreverse es la forma más bonita de seguir creciendo y avanzando ¡A por ello!