La fuerza del corazón: Parte II

Entrevista a Roberto García- Actor
Oslo en la Casa de Papel

Buenos días garuber, ¿cómo estás? Espero que muy bien y con ganas de seguir conociendo la historia de Rober García, porque aquí viene la segunda parte. Para refrescarte la memoria o ponerte al día si no leíste la primera parte (aunque te recomiendo que vayas al post anterior y la leas, ya que no tiene desperdicio y te ayudará a entender mucho mejor lo que viene ahora)te hago un breve resumen por si no dispones de mucho tiempo frente al ordenador: Rober fue criado en una familia humilde y de pensamientos muy cerrados cuyo lema era “cuanto más tengas, mejor”. Esa educación desde tan pequeño, sumada a que no tenían medios económicos para poder costear una carrera universitaria, fomentaron en Rober el inconformismo y las ganas de luchar y conseguir metas para sí mismo sin pensar en la gente que tenía alrededor. Primero logró ingresar en el cuerpo de la Guardia Civil, su mayor sueño. Una vez dentro, conoció la existencia de un grupo antiterrorista más exigente que el anterior a nivel físico y emocional, el GAR (Grupo Antiterrorista Rural), y por supuesto peleó hasta hacerse un sitio en el mismo. Cuando ya pensaba que había tocado la cima, se pone delante de su camino otro grupo muchísimo más reducido que el anterior, UEI (Unidad especial de intervención) y como no, va a por ello hasta formar parte de él.

Años de mucho esfuerzo y sacrificio, de retos y ambición que de pronto, se ven truncados por una mala noticia: debido a los problemas de visión que arrastraba desde pequeño y que en los últimos tiempos se habían vuelto más notorios, Rober tuvo que someterse a varias operaciones durante su estancia en la Guardia Civil en las que el médico cometió una negligencia, ya que, en vez de realizar las intervenciones con láser, método menos dañino para los ojos, había empleado cuchillas, dando lugar a un diagnóstico devastador: sus córneas habían quedado completamente inservibles, había que trasplantarlas y debía estar dos años de recuperación por cada ojo. Como consecuencia de su nuevo estado y su ausencia de facultades, le expulsaron de la UEI y le mandaron a realizar tareas meramente administrativas.

Un hombre que había dedicado la mayor parte del tiempo a prepararse para las misiones más peligrosas (explosivos, terroristas, secuestros…) a partir de ese momento solo podía hacer papeleo encerrado en un almacén. Te preguntarás… ¿cómo se sintió? ¿qué fue de su vida después? ¿Aprendió algo a raíz de un revés semejante? Quédate, porque todas esas respuestas son las que vienen ahora, y no alcanzas a imaginar lo que ocurrió:

-M: Rober, cuando te dan ese diagnóstico, ¿qué sientes? ¿qué pasa por tu cabeza?

-R: Como es lógico, se me cayó el mundo encima, no lo podía creer. Sabía que mis ojos habían empeorado bastante, pero no me imaginaba que el alcance llegaba hasta ese punto tan extremo. Y es que me quedé únicamente con el veinte por ciento de visión, y, por lo tanto, sabía que mi expulsión de la Unidad Especial de Intervención sería inmediata al comunicar mi problema médico a mis superiores. Como he comentado anteriormente, realizábamos misiones muy extremas y un solo error por mi parte podía costar mi vida o la de cualquiera de mis compañeros. Así que no tuve más opción que acatar órdenes y meterme a hacer las funciones administrativas, las que nadie quería hacer y no suponían un riesgo para nadie.

– M: ¿Cómo encajaste lo ocurrido en tu día a día?

– R: Al principio intenté asumirlo, aunque estaba destrozado. Tantos años dejándome la piel para lograr un sueño y cuando consigo alcanzarlo, se me escapó de las manos casi de la noche a la mañana, y encima debido a una discapacidad. Yo había sido un tío físicamente muy fuerte, había superado con éxito pruebas que la mayoría de compañeros no pudieron, y zas, al almacén a ordenar y archivar papeles. Poco a poco se fue haciendo durísimo el hecho de levantarme cada mañana para ir al trabajo, pasaba todo el día de muy mal humor y encerrado en mí mismo.

– M: Podría decirse que caíste en una depresión…

– R: Totalmente. Antes de que me ocurriera a mí, cada vez que escuchaba la palabra “depresión” en boca de otros pensaba que era una excusa que la gente se inventaba para faltar a trabajar, me creía invencible. Pero cuando empecé a notar que mi vida carecía de sentido por completo, que no me apetecía nada más que estar solo y que me faltaban las ganas para todo, comprendí que la depresión es real, que existe y que además es muy complicado sobre llevarla, tanto para uno mismo como para los demás. Ya que por más que mi gente intentaba animarme para que viera las cosas de otro modo, no había manera. Yo totalmente ciego, no solo por el problema de la vista, sino también ciego de corazón. Sentía que cada vez me hundía más en el fango y en la idea de que sin mis entrenamientos y sin el Rober que solía ser, no había nada por lo que mereciera la pena seguir en este mundo, así que, por primera vez y en medio de esa vorágine de negatividad, intenté quitarme la vida. Como puedes comprobar, el intento no salió bien.

– M: y menos mal, porque es un placer conocerte y poder compartir estos ratos contigo. Cuéntame, después de ese primer intento tu familia se daría cuenta realmente de que tu situación era mucho más grave de lo que ellos podían imaginarse. ¿Cuál fue el procedimiento a seguir a partir de entonces?

– R: No tengo los hechos muy claros en mi cabeza porque perdí el conocimiento, pero recuerdo despertarme en un centro psiquiátrico en el que me tuvieron ingresado durante seis meses hasta arriba de pastillas. Allí lo pasé mal, porque estaba rodeado del caos más absoluto: gente que se desnudaba y deambulaba por los pasillos con lo suyo al aire, otros que incendiaban papeleras, otros que gritaban de repente… y lo peor es que el personal que en teoría debía atendernos, pasaba de todo, lo solucionaban calmándonos con pastillas que nos dejaban como si fuéramos entes. Cuando me ponía nervioso, me ataban a la cama y me daban una pastillita más para que me quedara dormido y ala.

– M: ¿Cómo fue tu regreso a casa después de esos seis meses de internamiento?

– R: igual que cuando entré. Mi vida me seguía pareciendo exactamente la misma. Con las pastillas habían logrado tenerme sin pensamientos, ni auto destructivos ni de ningún tipo, pero nadie se había preocupado de sanarme por dentro. Mi problema y mi depresión seguía estando ahí y la idea de desaparecer del mapa, también, así que volví a intentarlo por segunda vez. En esa ocasión, cuando mi familia me encontró tirado en el suelo, me llevaron a un centro psiquiátrico distinto durante otros seis meses. En ese centro nos cuidaban mejor que en el anterior, la verdad, el problema es que pasaba la mayor parte del tiempo sedado a causa de tanta medicación y no había forma de hacerme entrar en razón. Había tocado el fondo más profundo y yo seguía escarbando hacia abajo.

– M: Cuando sales de allí, vuelves a intentar quitarte la vida una tercera vez.

– R: Sí. Y una cuarta. En la tercera volví de nuevo al ciclo de los seis meses, sin embargo, la cuarta vez fue diferente. Había castigado tanto a mi organismo que no soportó el cuarto intento, y caí en coma. Los médicos avisaron a toda mi familia para comunicarles que lo más probable es que no despertara nunca. Hasta ese momento mis padres no tenían la menor idea de lo que me estaba pasando, pero como había riesgo de muerte, mi mujer y mi hijo se vieron obligados a avisarles.

– M: Teniendo mujer e hijo, ¿Cómo es que para ti no había motivos para seguir vivo?

– R: Porque solo pensaba en mí, mi trabajo y mis cosas, y porque la depresión pudo conmigo. El haber sido educado en “cuanto más tengas, mejor”, era positivo para esforzarme y tener ambición, pero también me hizo perder por completo el norte hacia qué es lo realmente importante en nuestras vidas. Por suerte, no sé como ni por qué, a los diez días desperté del coma y pude darme cuenta de muchas cosas. Nadie se lo esperaba, fue como una especie de milagro.

– M: Dices que pudiste darte cuenta de muchas cosas, ¿sacaste enseñanzas de todo aquello?

– R: Muchísimas. Para empezar, nada más despertar me fijé en que todo el personal sanitario celebraba que había salido del coma inexplicablemente, y eso me llegó al alma. No me conocían de nada y sin embargo estaban contentísimos de que yo siguiera vivo. Me abrazaban y felicitaban demostrándome lo mucho que les importaba mi persona, aunque ya no formara parte de la UEI, del GAR o la Guardia Civil. Después, observé a mi padre. Un hombre rudo al que siempre le ha costado expresar sus emociones en público: tenía los ojos llorosos y el gesto de haber sufrido mucho a causa de lo ocurrido. Durante los días siguientes no se movió de mi lado, y pude darme cuenta de que, aunque no me lo dijera nunca, él me quería y me quiere como solo un padre puede querer a un hijo. Por último, un celador que vino a buscarme cuando ya me habían subido a planta fue el clic definitivo en mi cabeza y en mi corazón. Me dijo “¡Ey Rober, móntate en la silla de ruedas que te voy a llevar a un sitio!”. Le hice caso, y juntos subimos a la azotea del hospital desde la que se veía el cielo, los árboles y los bancos de un parque. Puede parecer una tontería, pero después de haber pasado tantos y tantos meses encerrado, respirar el aire y sentir un rayo de sol en la cara me dio la vida. Por primera vez me di cuenta del valor que tiene, por un lado, sentirse rodeado de las personas importantes, esas a las que, a causa de mi egoísmo había descuidado y por otro, los pequeños detalles, a veces tan cotidianos que no reparamos en ellos.

– M: Entonces es como si ese despertar del coma hubiera sido un despertar en un sentido mucho más amplio…

– R: Desde luego. Sentí que la vida me estaba dando un mensaje, y era el siguiente: “has intentado marcharte de este mundo unas cuantas veces, pero no es tu momento, y por más que lo intentes no dejaré que te vayas antes de tiempo. Así que te voy a dormir durante diez días, y cuando despiertes, de una vez por todas te vas a fijar en todas las señales que te estoy mandando y las vas a apreciar cuanto se merecen”.

– M: Así que consideras que tu padre, la azotea, el cielo y el personal médico que te acompañó, eran señales que no supiste ver antes…

– R: Sí, y además creo que esas señales siempre están presentes en la vida de todos, lo que pasa es que vamos tan acelerados y tan a lo nuestro que no las prestamos atención. Si fuéramos capaces de pararnos más y ser más agradecidos con lo que tenemos, tal vez no llegaríamos a tocar un fondo tan profundo como el que toqué yo. Valoraríamos más a los amigos, a la familia, a la suerte que supone el hecho de poder salir a la calle y respirar aire puro, a la vida en general. El tiempo pasa muy rápido, ese sí que va acelerado.

– M: Para terminar, dos preguntas más. La primera, ¿qué le dirías a una persona que no ve la salida?

– R: Es complicado, porque por experiencia propia sé que una persona que se encuentra sumida en una depresión es difícil de ayudar. Hasta que uno no se da cuenta por sí mismo, no sale del pozo. Lo que sí podría decirle es que yo salí de donde estaba gracias a mirar al frente y no solo hacia mi ombligo y mis problemas. En el momento en el que levanté la vista, esa que tantos problemas me había dado, descubrí que, gracias a tantas operaciones fallidas, irónicamente aprendí a mirar mejor, más allá, y desde aquella etapa soy un Roberto nuevo mucho más tranquilo, feliz, que se preocupa más por los demás y procura mejorar el día a día de los suyos. Me recuperé sin necesidad de pastillas, las dejé poco después de aquel último ingreso en el hospital.

Como anécdota diré que el haber estado en el GAR y en la UEI y representar a los malos en las simulaciones que hacíamos, fue lo que me impulsó a presentarme al casting de “La casa de papel” para hacer de atracador. Todo sucede para algún motivo.

– M: Si pudieras resumir tu experiencia en una sola frase, ¿cuál sería?

– R: “Durante muchos años me preocupé de entrenar todos mis músculos al máximo, pero se me olvidó alimentar al más importante que tenemos: el corazón”.

Garuber, como has podido comprobar, Rober también piensa que todo sucede para algún motivo, y después de una etapa de oscuridad descubrió muchas cosas buenas. Espero que te haya gustado mucho esta entrevista, ha sido muy especial hacerla y publicarla para ti.

¡Feliz lunes y nos vemos este viernes en el directo!