El retraso del tren

Bienvenido un lunes más a mi blog, estoy encantada de poder formar parte de tu semana, aunque sea un poquito. El lunes pasado hablamos del escenario que tenemos cada uno en nuestra vida y de la importancia de subirse a el sin miedo alguno. Hoy quiero hablarte de un gesto capaz de cambiarlo todo: la sonrisa. Puede parecer muy tópico, pero esta simple mueca en la cara puede hacer que nuestra realidad cambie para siempre.

Quiero compartir una anécdota contigo para que veas que lo que te digo no es una frase sacada de un libro motivacional, sino que es una realidad tangible que tú mismo puedes poner en práctica cada vez que lo necesites. Yo estaba en Madrid, más concretamente en la zona de Sol, de camino a mis clases de interpretación y canto. Llegaba tarde, habían surgido tantos  imprevistos que no lo podía creer: el autobús que me llevaba desde mi casa a la estación de tren, se había retrasado muchísimo. Después, el tren con destino a Atocha que hacía una parada en Sol, detenido en Chamartín más de veinte minutos no sabía por qué motivo. Cuando por fin llegué a mi estación correspondiente, uno de los ascensores estaba averiado, por lo que tocaba irse al de la otra punta a toda prisa. Fui acercándome al mismo para descubrir que había una cola tremenda formada en su mayoría por chicos y chicas jóvenes que sin necesitar el ascensor para nada, esperaban para subirse en él. – y eso que hay escaleras mecánicas- pensé. Tuve que esperar mi turno, porque hay ocasiones en las que la gente que tiene plenas facultades físicas no cede su lugar a las que tenemos movilidad reducida, pero ese es otro tema. El caso es que un trayecto que normalmente duraba cuarenta minutos escasos, entre pitos y flautas acabó por alargarse hasta casi dos horas que se me hicieron eternas, y por  supuesto ya no llegaba a la primera hora de clase. Sé que hay días en los que pueden darse todas estas circunstancias de golpe y hay que tomárselo con gracia, pero estaba tan acelerada que aquel día no dejé cabida al humor, vamos, tenía un cabreo de tres pares. Como había que hacer tiempo hasta la clase siguiente, decidí sentarme en una terracita a esperar mientras tomaba un zumo de uva fresquito al sol. La tarde mejoraba por momentos.

De pronto, se acercó a mi mesa un niño que iba montado en un carrito llevado por sus padres, quería decirme algo. Reparé en que tenía una edad en la que ya no se suele necesitar el carricoche, por lo que mi conclusión fue que, si estaba sentado en el, era porque tenía algún tipo de dificultad. Cuando el niño comenzó a hablar, esto fue lo que me dijo: “Hola, ¿tú eres Miriam? Yo me llamo Daniel. Es que me gusta ver vídeos de youtube y hace tiempo vi uno tuyo por casualidad. Ahora que te veo quiero decirte que no me enteré muy bien de las cosas que decías, pero lo que más me gustó fue que sonreías mucho, aunque lleves un andador. Entonces yo también empecé a sonreír cada día, porque si tú lo haces, yo también puedo”.

Se me encogió el corazón y en un segundo comprendí que todo lo que había ocurrido esa tarde tenía que suceder para poder conocer a Daniel. Si el tren no se hubiera retrasado jamás nos hubiéramos cruzado. Aquella personita con cara de ángel me ayudó a recordar la importancia que tiene, por un lado, no precipitarse con enfados ni malas caras, porque lo que tú piensas que son imprevistos fastidiosos podrían dar lugar a las más bonitas casualidades. Por otro, el valor de llevar siempre puesta una sonrisa, porque mejora todo automáticamente y porque nunca sabes los efectos que pueden llegar a tener en la gente que te rodea.

Si hoy has tenido un mal día, te pido que sonrías, por favor.